De la libertad y sus consecuencias ambientales.

Para poder hablar primero de cualquier tema objeto de discusión, en este caso “la libertad”, hay que acudir a su definición, a su conceptualización, con el objetivo de saber cuál es el objeto de debate.

La libertad

La Real Academia de la lengua Española (RAE) nos define la “libertad” así:

f.Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

Esta sería una definición académica de la libertad. El problema filosófico vendría a ser cómo definiríamos la libertad cada uno de nosotros. Durante siglos, filósofos, literatos, juristas y demás personas han intentado definir la libertad para poder concretarla, puesto que es un elemento esencial en una sociedad avanzada. Se entiende que una sociedad libre es aquella que tiene individuos libres, capaces de, tal y como nos define la RAE, actuar o no de una manera o de otra.

Pero, ¿hasta qué punto es esto verdad? Hoy en día (por no decir desde siempre), en las sociedades en las que cada uno pueda vivir (más allá de su régimen democrático y normativo interno), los humanos estamos anclados a leyes, reglamentos, moralidades, hábitos… normas, en suma. Estas normas no dejan de ser restricciones/cadenas a ciertos comportamientos y actitudes, con lo cual afirmar que somos verdaderamente libres es, cuanto menos, una contradicción.

Sociedad

Decía Aristóteles que el ser humano es un animal social, y no le faltaba razón. El paso de la historia nos ha dejado ver, para aquellos que hemos tenido la oportunidad de poder estudiarla un poco, que la historia humana es una llena de batallas, guerras y enfrentamientos entre SOCIEDADES. Volviendo a la RAE, ésta define “sociedad” como:

f. Conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes.

De nuevo, aparece el término “norma” en un concepto elemental de la vida humana como es la “sociedad”. Y es que se trata de eso, como podrá intuir el lector a estas alturas de texto, las sociedades se rigen por normas que ellas mismas se imponen, pues las normas son el reflejo (al menos en las sociedades democráticas) de la voluntad soberana,  de la voluntad del pueblo que forma la sociedad. Una sociedad está formada por individuos, por humanos, animales SOCIALES, porque pese a ser individuos más o menos dependientes que otros, debemos coexistir con otros individuos. Y es esa coexistencia la que obliga a la sociedad a imponer normas, normas que DEBEN acatarse por cuanto sean imperativas o normas que PUEDEN acatarse por cuanto sean dispositivas.

La normativa es el fruto de siglos de avances jurídico-sociales y filosóficos. Pero, al fin y al cabo, pese a todos los avances tecnológicos, sociales y económicos que los humanos podamos lograr, es la sociedad quien, a través de sus representantes políticos (en los sistemas democráticos actuales), decidirá qué tipo de normas quiere para su coexistencia entre individuos. No obstante, que conste que no por ello los ciudadanos tienen por qué estar de acuerdo con las medidas que sus representantes aplican mediante el Poder Legislativo y Ejecutivo (uno de los grandes fallos del Sistema).

Por tanto, yendo al punto que nos atañe,

¿qué es la libertad y como puede ésta convivir en un marco jurídico?

Mi definición propia de “libertad” sería la siguiente:

La libertad es el epítome de la vida, la quintaesencia de la existencia humana.

Sin libertad, no somos nada; sin libertad, nuestra vida es vana, un sinsentido. Pero no soy un iluso, el ser humano está lejos de ser perfecto, y la libertad puede llegar a confundirse muchas veces con libertinaje, lo cual es del todo detestable en una sociedad en la que los individuos deben coexistir.

La coexistencia no siempre es fácil, puesto como dijo Hobbes (con acierto): Homo homini lupus [est], es decir, “el hombre es un lobo para el hombre”; y para evitar esos actos de pillaje/picaresca, existen las normas, la seguridad jurídica y las fuerzas del orden (ya en Roma se dieron cuenta de ello cuando a los princeps les dieron estas facultades, las de mantener el orden). La norma básica y primordial en toda sociedad para la coexistencia es la norma penal, la sancionadora; luego las normas civiles y ambientales dependen, en su mayoría, del tipo de acervo cultural de cada pueblo o nación.

Pero, entonces,

¿las normas coartan la libertad?

La respuesta es NO. La libertad, como esa quintaesencia humana (del individuo) empieza en nosotros y acaba en nosotros; la libertad de uno termina cuando empieza la del otro. En consecuencia, la libertad es algo tan natural como el nacimiento y algo tan nuestro como la vida misma, pero sin olvidar que el exceso de todo cuanto rodea nuestra esfera de acción y control puede convertirse en libertinaje, y aquellos que lo practican serán repudiados de una sociedad en la que estamos condenados a convivir como animales sociales que somos.

Y para no explayarme demasiado y alargar esto hasta los confines del mundo, digamos que esta concepción de libertad nos permite abordar temas tan cruciales como el medioambiente (el que nos atañe ahora mismo) así como otros temas civiles como la propiedad privada, el matrimonio y demás.

Vivimos en un mundo donde la superpoblación, la industrialización y la globalización conforman un Eje del Mal, puesto que sus efectos son devastadores en la Tierra, en el medioambiente. No obstante, no podemos negar la obviedad: el Eje ha sido fruto del progreso tecnológico, pero, repitiendo de nuevo la frase de Hobbes como un mantra: homo homini lupusLa dinamita jamás se inventó para ser un artefacto terrorista, sino para crear nuevas vías comerciales y de comunicación, pero a los hechos históricos me remito…

Así, pues, lo mismo que con la dinamita ocurre con las Fuerzas del Eje medioambientales del s. XXI. Algo que por separado supone un gran avance, en conjunción es una gran amenaza para la estabilidad humana y su espacio vital.

¿Qué tiene que ver esto con la libertad?

Todo.

Solamente mediante el ejercicio de la libertad individual podemos llegar a hacer algo frente a impactos tan caóticos sobre el planeta tierra. Soy un hombre muy apegado al mar, de familia marinera y agrícola, y tengo muy claras mis raíces. La tierra y el mar nos han dado mucho, por eso debemos intentar cuidarla al máximo.

Un persona no significa nada, pero como suelo decir: Sic parvis magna. A través de pequeños actos podemos alcanzar la grandeza [humana]. Si todos sumamos esfuerzos individuales, a poco que hagamos, ya estamos ayudando al planeta.

Sin embargo, no podemos olvidar que todo forma parte de nuestra idiosincrasia. No podemos coartar de la gente por nuestra mano a hacer algo por muy beneficioso que sea. Por ello, debemos recurrir una vez más, por desgracia, a la sociedad, pues sólo ella tiene la capacidad para cambiar las normas que impliquen un cambio idiosincrático.

A través de cambios legales, aprobados por la sociedad (se entiende, de nuevo, sociedad democrática) mediante sus representantes, podemos forzar legítimamente un cambio en la producción, el reciclaje y los modos de consumo.

La libertad lo es todo en esta vida; si no somos libres, la vida no tiene sentido.

Yo soy el amo de mi destino,

Yo soy el capitán de mi alma.

~ William Ernest Henley

Autor: Andrés Bolufer Mata

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